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¡Lo suficiente para cubrir adecuadamente un texto! No creo que la duración del sermón sea tan importante como su contenido. A veces he predicado por cincuenta minutos y diez de esos minutos han sido demasiado tiempo. Otras veces he predicado una hora y veinticinco minutos y ha sido justo el tiempo necesario para enseñar el texto. Lo importante es cubrir el punto principal del mensaje de manera tal que las personas estén convencidas de su verdad y comprendan lo que el texto requiere de ellos.

John MacArthur, “Preaching and the Clock”

Estos consejos de George Whitefield, tomados de uno de sus sermones y publicados en el blog de Tim Challies, me dieron bastante duro. Los comparto con ustedes (Está en inglés).

Here are some cautions and directions, in order to help you hear sermons with profit and advantage.”

1. Come to hear them, not out of curiosity, but from a sincere desire to know and do your duty. To enter His house merely to have our ears entertained, and not our hearts reformed, must certainly be highly displeasing to the Most High God, as well as unprofitable to ourselves.

2. Give diligent heed to the things that are spoken from the Word of God. If an earthly king were to issue a royal proclamation, and the life or death of his subjects entirely depended on performing or not performing its conditions, how eager would they be to hear what those conditions were! And shall we not pay the same respect to the King of kings, and Lord of lords, and lend an attentive ear to His ministers, when they are declaring, in His name, how our pardon, peace, and happiness may be secured?

3. Do not entertain even the least prejudice against the minister. That was the reason Jesus Christ Himself could not do many mighty works, nor preach to any great effect among those of His own country; for they were offended at Him. Take heed therefore, and beware of entertaining any dislike against those whom the Holy Ghost has made overseers over you.

Consider that the clergy are men of like passions with yourselves. And though we should even hear a person teaching others to do what he has not learned himself, yet that is no reason for rejecting his doctrine. For ministers speak not in their own, but in Christ’s name. And we know who commanded the people to do whatever the scribes and Pharisees should say unto them, even though they did not do themselves what they said (see Matt. 23:1-3).

4. Be careful not to depend too much on a preacher, or think more highly of him than you ought to think. Preferring one teacher over another has often been of ill consequence to the church of God. It was a fault which the great Apostle of the Gentiles condemned in the Corinthians: ‘For whereas one said, I am of Paul; another, I am of Apollos: are you not carnal, says he? For who is Paul, and who is Apollos, but instruments in God’s hands by whom you believed?’ (1 Cor. 1:12; 2:3-5).

Are not all ministers sent forth to be ministering ambassadors to those who shall be heirs of salvation? And are they not all therefore greatly to be esteemed for their work’s sake?

5. Make particular application to your own hearts of everything that is delivered. When our Savior was discoursing at the last supper with His beloved disciples and foretold that one of them should betray Him, each of them immediately applied it to his own heart and said, ‘Lord, is it I?’ (Matt. 26:22).

Oh, that persons, in like manner, when preachers are dissuading from any sin or persuading to any duty, instead of crying, ‘This was intended for such and such a one!’ instead would turn their thoughts inwardly, and say, ‘Lord, is it I?’ How far more beneficial should we find discourses to be than now they generally are!

6. Pray to the Lord, before, during, and after every sermon, to endue the minister with power to speak, and to grant you a will and ability to put into practice what he shall show from the Book of God to be your duty.

No doubt it was this consideration that made St. Paul so earnestly entreat his beloved Ephesians to intercede with God for him: ‘Praying always, with all manner of prayer and supplication in the Spirit, and for me also, that I may open my mouth with boldness, to make known the mysteries of the gospel’ (Eph. 6:19-20). And if so great an apostle as St. Paul needed the prayers of his people, much more do those ministers who have only the ordinary gifts of the Holy Spirit.

If only all who hear me this day would seriously apply their hearts to practice what has now been told them! How ministers would see Satan, like lightning, fall from heaven, and people find the Word preached sharper than a two-edged sword and mighty, through God, to the pulling down of the devil’s strongholds!

Nos gusta leer y considerar la enseñanza de Cristo, nos gusta considerar su noble vida y ejemplo y reflexionar acercar de ello, puede que hasta admitamos que era el Hijo de Dios; pero nos disgusta toda esta monserga de la conversión y el nuevo nacimiento. ¿Por qué? Porque implica que necesitamos convertirnos y que, hasta que hayamos nacido de nuevo, estamos “perdidos y muertos en pecado”.

No importa lo que cambie la vida y las vueltas que den las ideas; hay una cosa tan arraigada en la naturaleza humana que nunca varía ni oscila, y es nuestra buena opinión acerca de nosotros mismos. Nos gusta un Evangelio que nos interese, que nos seduzca, que apele a nuestras emociones y a nuestros sentimientos, nos gusta en tanto en cuanto presenta ideas y el ideal de vida; pero cuando promete “liberarnos” y darnos libertad, tropezamos con él, ponemos objeciones, porque al ofrecernos libertad indica nuestro presente cautiverio. Y, sin embargo, esto es lo que ofrece Cristo y lo que Cristo dice, y toda nuestra dificultad con respecto a esto gira en torno a nuestro falso concepto de libertad.

Martin Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.229

En ocasiones creo que la mejor señal que puede tener un hombre de que está predicando el Evangelio de Cristo y no simplemente entregándose a su propia fantasía es que ciertas personas objeten con virulencia a lo que está diciendo y se sientan disgustadas y resentidas con él por haberlo dicho.

…al leer los Evangelios no hay nada tan claro como el hecho de que la predicación de Jesucristo solo tenía dos posibles efectos en su audiencias: o bien salvaba a los hombres o bien los enemistaba por completo y les hacía oponerse, perseguir, amenazar e insultar.

¡Qué diferente es la situación que se presenta en el Nuevo testamento de la imagen que presenta hoy la Iglesia y la idea que se tiene de ella en estos tiempos! En la actualidad, las personas conciben la iglesia como un lugar que atrae a cierto tipo de personas débiles, emocionales y sosas, donde se dan discursos completamente inofensivos e inertes, donde se habla de “amor” y “belleza”, donde se pregonan “pensamientos hermosos” e “ideas bellas”, donde se hablan palabras tranquilas, reconfortantes y de ánimo y donde, por encima de todo, no se debe decir nada que pueda perturbar a alguien y mucho menos moleste o irrite. La iglesia se considera una especie de botica donde se distribuyen medicamentos y remedios tranquilizantes y donde todo el mundo debe sentirse cómodo. Y el tema esencial de la iglesia debe ser “el amor de Dios”.

… Si alguna vez hubo alguien que conoció el amor de Dios, si alguna vez se predicó y entendió el amor de Dios, si alguna vez hubo una autoridad en ese amor, ese fue Jesucristo. Dijo que había venido a la Tierra por él, hizo su obra sustentando por él, lo reveló en sus milagros y maravillosas obras, estuvo dispuesto a morir por él y, sin embargo, ¿Qué efecto produjo en sus audiencias? ¿Volvieron todos del culto a casa sonriendo y felices, sintiéndose complacidos y satisfechos consigo mismos? ¿Fue su ministerio perfecto uno en que nadie se ofendía y nadie mostraba resentimiento alguno? ¿Evidencian sus cultos lo que es tan popular en la actualidad: edificios con la “tenue luz religiosa” donde se cantan agradables himnos, se ofrecen agradables oraciones y un “breve” sermón de buen gusto y con notas culturales?

Martin Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.224-226

Hasta hace unos quince años los cristianos veían la sicología como algo hostil al evangelio.

Permítase que alguien que profesa el nombre de Jesús bautice la sicología secular y la presente como algo compatible con la verdad de las Escrituras, y la mayoría de los cristianos se sentirán felices tragándose una cicuta teológica en forma de “instituciones sicológicas”.

Durante los últimos 15 años las iglesias han tendido a depender mas y mas de los consejeros pastorales entrenados […] Para mí esto parece indicar debilidad en o indiferencia hacia la predicación expositiva dentro de las iglesias evangélicas […] ¿Por qué tenemos que recurrir a las ciencias humanas? ¿Por qué? Porque por años no hemos expuesto el todo de la Escritura. Porque debido a nuestra débil exposición y nuestras charlas temáticas superficiales hemos producido una generación de ovejas cristianas sin pastor. Y ahora nos estamos maldiciendo a nosotros mismos más profundamente que nunca por haber recurrido a la sabiduría del mundo.

Lo que hago como siquiatra y lo que mis colegas sicólogos hacen en sus investigaciones o en su consejería es de valor infinitamente menor para los cristianos con problemas que lo que Dios dice en su Palabra. Pero los pastores, como las ovejas a las cuales guían, están siguiendo (si se me permite cambiar la metáfora por un momento) a un nuevo flautista de Hamelín que los está llevando hacia las oscuras cavernas del hedonismo humanista.

Algunos de aquellos que estamos profundamente involucrados en las ciencias humanas nos sentimos como voces clamando en un desierto ateo de humanismo, mientras que las iglesias se tornan hacia la sicología humanista como sustituto para el evangelio de la gracia de Dios.

John White, Flirting with the World (Jugueteo con el mundo), Shaw, Wheaton, Illinois (1982), p.114-117

Reverencia ante Dios, respeto por la dignidad del deber pastoral, buen sentido, sano juicio, una manera de pensar clara y profunda, amor por la lectura, dedicación diligente al estudio y la meditación. Una buena memoria, un buen dominio de las palabras, saber cómo piensa la sociedad. Todas estas características son esenciales. Es necesario un talento poco común y mucho esfuerzo para explicar los pasajes oscuros de la Escritura, así como para resolver las complicadas aplicaciones de la Palabra a las vidas y para defender la verdad en contra de sus opositores, todos estos son deberes que están en el corazón de la vida y el ministerio del predicador.

Una cantidad mínima de conocimiento y habilidad jamás capacitarán al predicador para enseñar doctrina, exponer las cosas profundas de Dios, convencer la mente terca, capturar los afectos y la voluntad o iluminar las realidades oscuras para eliminar las sombras de confusión, ignorancia, las objeciones, el prejuicio, la tentación y el engaño.

Pero por encima de todo, y a través de todo, el predicador debe ser hábil en el uso de la Palabra para detectar los errores de aquellos que le escuchan, para liberar hombres de sus fortalezas de ignorancia, convencer sus conciencias, tapar sus bocas y cumplir su responsabilidad de proclamar todo el consejo de Dios. La Palabra es la única arma del predicador, la poderosa espada de doble filo que es la única que corta hasta lo más profundo del alma y el espíritu.

John MacArthur, El Redescubrimiento De La Predicación Expositiva, Editorial Caribe (1996), p. 11,12

“Hermanos, orad por nosotros”

1 Tesalonicenses 5:25

Reservamos esta mañana del año para refrescar la memoria del lector sobre el asunto de las oraciones a favor de los pastores, e imploramos muy encarecidamente a cada familia cristiana que cumpla con el ferviente pedido del texto, formulado primero por un apóstol, y ahora repetido por nosotros.

Hermanos, nuestra obra es de trascendental importancia e implica el bienestar o la calamidad de miles. Nosotros, en nombre de Dios, tratamos con las almas sobre asuntos eternos, y nuestra palabra es olor de vida para vida y olor de muerte para muerte. Una grave responsabilidad descansa sobre nosotros, y no será una insignificante gracia si somos hallados libres de la sangre de todos los hombres.

Como oficiales del ejército de Cristo somos blanco principal de la enemistad de hombres y demonios, que esperan nuestra vacilación y se afanan por tomarnos del calcañar. Nuestra sagrada vocación nos coloca en tentaciones de las que vosotros estáis exentos; sobre todo, nos suele apartar de nuestro goce personal de la verdad y nos lleva a una consideración ministerial y oficial de la misma. Hemos de hacer frente a muchos asuntos difíciles, y nuestra razón no sabe que decir. Observamos con tristeza a los que vuelven atrás, y nuestros corazones se sienten heridos; vemos perecer a millones, y nuestros espíritus se abaten. Deseamos serviros con nuestra predicación y ser una bendición para vuestros hijos; ansiamos ser útiles: a creyentes y a pecadores; interceded, pues, por nosotros ante Dios. Somos miserables sino podemos contar con vuestras oraciones, pero somos felices si vivimos en vuestras súplicas.

No esperéis de nosotros las bendiciones espirituales, sino del Maestro; si bien muchas veces El dio esas bendiciones por medio de sus ministros. Pedid, pues, frecuentemente que seamos los vasos de barro en los cuales el Señor ponga el tesoro del Evangelio.

Charles Spurgeon, Lecturas Matutinas, Editorial Clie (2007), Día 7 de Julio

Los ministros no son dignos de su llamado. Todos los predicadores son vulnerables a la acusación de hipocresía. De hecho, mientras más fieles son los predicadores a la Palabra de Dios en su predicación, más expuestos están al cargo de hipocresía. ¿Por qué? Porque mientras más fieles son las personas a la Palabra de Dios, más elevado es el mensaje. Y mientras mas elevado el mensaje, mas lejos estarán de poder cumplirlo por sí mismos.

R.C. Sproul, La Santidad de Dios, Publicaciones Faro de Gracia (2002), p.33