Las personas se ofenden ante la primera declaración del Evangelio, que es que no se reconocen divisiones ni distinciones en la casa de Dios. No importa lo que seas fuera de este edificio, cuando entras aquí eres exactamente igual que todos los demás. Por cierto, ese es el motivo por que pertenezco a la Iglesia Libre. En la Iglesia de Dios no hay cabeza humana. Solo hay un rey en la Iglesia, es el Rey Jesús. Aquí no hay distinciones ni divisiones. Pero eso no nos gusta, vivimos con esas cosas, estamos muy acostumbrados a ellas, y cuando nos enfrentamos a esto que es completamente opuesto a todo lo que creíamos y en lo que nos gloriábamos, nos echamos atrás, nos sentimos tristes y enojados.
En la Iglesia de Dios no hay distinciones ni divisiones por cuestiones de nacimiento o trasfondo, raza o categoría social; todo ello es completamente irrelevante. Paralelamente, en la casa de Dios no hay divisiones ni distinciones o categorías especiales debido al intelecto. Puedes ser el genio más grande del mundo; no importa, cuando vienes aquí eres como todos los demás, estás en la misma situación que el más grande de los necios en el plano intelectual. Puedes ser alguien erudito y con grandes conocimientos, pero no supone la más mínima diferencia cuando atraviesas esa puerta, no te proporciona nada. Entras exactamente igual que si no conocieras nada, exactamente en la posición del ignorante más absoluto.
De la misma forma, no hay distinciones en función del comportamiento moral de uno y su conducta en el pasado. Puedes ser un dechado de virtudes, pero no te servirá de nada aquí, te enojará escuchar este Evangelio porque te dirá que toda tu justicia es trapo de inmundicia y que estas exactamente en la misma situación que el pecador mas disoluto que acaba de llegar de la calle.
¡No hay diferencia alguna! Ese es el mensaje del Evangelio cristiano. Aquí no hay casos especiales, y eso es lo que tanto enfurece, por eso les disgusta a las personas y se enojan. No hay casos especiales. Ninguno en absoluto.
Martyn Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.107,108
Hay muchos que hablan del amor de Dios confiando en lo que denominan el camino divino de salvación, que parecen pensar que eso significa que pueden seguir viviendo como les plazca mientras crean en Dios y en su Hijo Jesucristo. Dios ofrece liberarnos en Cristo no para que prosigamos en el pecado, sino más bien para que seamos liberados de él. “No erréis (dice S. Pablo a la iglesia de Corinto); ni los fornicarios, ni los idólatras, ni lo adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones […] heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6:9-10).
El cristiano no es meramente alguien que cree que Cristo murió por él, es alguien que muestra que lo cree viviendo una vida que demuestra que odia el pecado que llevó a su Salvador a la muerte cruel en la Cruz para expiar sus pecados. Aceptar el ofrecimiento de liberación de Dios implica aceptar las condiciones de Dios con respecto a la vida subsiguiente que se vivirá.
Martyn Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.163
Comentando sobre el Salmo 51, Martyn Lloyd-Jones escribe lo siguiente:
No dudo en afirmar que esta es quizás la prueba más discreta y delicada de si nos hemos arrepentido, o de dónde estamos: nuestra actitud hacia Dios. ¿Lo ha notado usted en el salmo? Dios es el único contra quien David ha pecado, y sin embargo a Dios es el único a quien desea por sobre todo. Esa es la diferencia entre remordimiento y arrepentimiento. El hombre que no se ha arrepentido, pero que solo experimenta remordimiento, evita a Dos cuando comprende que ha hecho algo contra Dios… El hombre a quien el Espíritu del Señor aun no ha tratado, y que aun no ha sido convencido ni se ha declarado culpable, intenta alejarse de Dios, de evitarlo a cualquier costo. No medita, no lee la Biblia, no ora; hace todo lo posible por no pensar en estas cosas. Pero lo extraordinario acerca del hombre que está convencido de pecado por el Espíritu Santo es que aunque sabe que ha pecado contra Dios, es a Dios a quien quiere: “Ten piedad de mí, oh Dios”. El quiere estar con Dios… esa es la paradoja peculiar del arrepentimiento: ¡querer a quien he ofendido!”.
D. Martyn Lloyd-Jones, Out of the Depths, Crossway, Wheaton, 1995, pp. 57-58
Si existe un documento que nos diga la verdad acerca de la vida y de nosotros mismo, ese es la Biblia. Nos dice lo peor y luego nos muestra lo mejor. Y el propósito de la predicación no es ocultar el pecado, sino exponerlo; no es decir a los hombres y a las mujeres que todo va bien, que “Dios es amor” y que no tienen por qué preocuparse en absoluto; sino decirles que, tal como están las cosas, tal como somos todos, todo va mal; que Dios es nuestro Juez y que, a menos que estemos preocupados, asustados y espantados ante esa perspectiva, no tenemos esperanza alguna.
Ese es el mensaje de la religión que se puede encontrar por toda la Biblia.
Martyn Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.172,173
El 17 de Enero de 1855 el pastor de la capilla de New Park Street, Southwark, Inglaterra [Charles H. Spurgeon], inicio su sermón matutino con las siguientes palabras:
Alguien ha dicho que “el estudio apropiado de la humanidad es el hombre”. No voy a negar este concepto, pero pienso que es igualmente cierto que el estudio apropiado para los elegidos de Dios es Dios mismo; el estudio apropiado para el cristiano es la Deidad. La ciencia más elevada, la especulación más escumbrada, la filosofía más vigorosa que puedan jamás ocupar la atención de un hijo de Dios, es el nombre, la naturaleza, la persona, la obra, los hechos y la existencia de ese gran Dios a quien llama Padre.
En la contemplación de la Divinidad hay algo extraordinariamente beneficioso para la mente. Es un tema tan vasto que todos nuestros pensamientos se pierden en su inmensidad; tan profundo, que nuestro orgullo se hunde en su infinitud. Cuando se trata de otros temas podemos abarcarlos y enfrentarlos; sentimos una especie de autosatisfacción al encararlos, y podemos seguir nuestro camino con el pensamiento de que “he aquí que soy sabio”. Pero cuando damos con esta ciencia por excelencia y descubrimos que nuestra plomada no puede sondear su profundidad, que nuestro ojo de águila no puede percibir su altura, nos alejamos con el pensamiento de que el hombre vano quisiera ser sabio, pero es como el pollino salvaje; y con la solemne exclamación de que “soy de ayer, y nada sé”. Ningún tema de contemplación tenderá a humillar a la mente en mayor medida que los pensamientos de Dios…
Más, si bien el tema humilla la mente, al propio tiempo la expande. El que con frecuencia piensa en Dios, tendrá una mente más amplia que el hombre que se afana simplemente por lo que le ofrece este mundo estrecho… El estudio más excelente para ensanchar el alma es la ciencia de Cristo, y este crucificado, y el conocimiento de la deidad en la gloriosa Trinidad. Nada hay que desarrolle tanto el intelecto, que magnifique tanto el alma del hombre, como la investigación devota, sincera y continua del gran tema de la Deidad.
Además, a la vez que humilla y ensancha, este tema tiene un efecto eminentemente consolador. La contemplación de Cristo proporciona un bálsamo para toda herida; la meditación sobre el Padre proporciona descanso de toda aflicción; y en la influencia del Espíritu Santo hay bálsamo para todo mal. ¿Quieres liberarte de tu dolor? ¿Quieres ahogar tus preocupaciones? Entonces ve y zambúllete en lo más profundo del mar de la Deidad; piérdete en su inmensidad; y saldrás de allí como si te levantarás de un lecho de descanso, renovado y fortalecido. No conozco nada que sea tan consolador para el alma, que apacigüe las crecientes olas del dolor y la aflicción, que proporcione paz ante los vientos de las pruebas, como la ferviente reflexión sobre el tema de la Deidad. Invito a los presentes a considerar dicho tema esta mañana…
J.I. Packer, El Conocimiento del Dios Santo, Editorial Vida (2006), p.19,20
El hecho de que muchas personas realmente utilicen la religión como una droga no significa que la religión en si tenga esa naturaleza. Jamás se puede afirmar lo suficientemente a menudo o lo suficientemente claro que el propósito de la religión no es dar a las personas una sensación agradable y cómoda y hacerlas felices durante unas pocas horas una vez por semana. Hay una tendencia en muchos lugares en la actualidad a recalcar este aspecto de la religión y a hacer que los oficios religiosos sean tranquilos y relajantes porque sabemos que las personas se dirigen instintivamente a la iglesia al afrontar la muerte, ya sea la propia o la de un familiar.
Ahora bien, no es asunto mío ni de nadie sentar una cátedra en estas cuestiones, pero de esto estoy seguro: las personas que solo se dirigen a Dios cuando las cosas van mal son personas que nunca le han conocido y que probablemente no le conozcan nunca hasta haber sido transformadas.
El objetivo y el propósito de la religión y la predicación del Evangelio no es hacernos olvidar nuestros problemas transitoriamente, sino eliminarlos de una vez por todas, ayudarnos a superarlos. Si tan solo olvidamos nuestros problemas mientras estamos aquí cada domingo, cantando himnos y escuchando el sermón, aún no hemos conocido la verdadera religión, porque su función es resolver nuestros problemas. Si hasta la fecha nuestra historia ha sido que semana tras semana hemos hecho promesas en esta sala de que de ahora en adelante seremos diferentes y mejores personas pero luego hemos seguido igual, te digo que hasta ahora no has sentido el poder del Evangelio, porque el objetivo y la función del Evangelio no son tanto producir decisiones sino reformas.
La verdadera tragedia de la religión en estos tiempos no es tanto que las masas no crean en ella. Es que aquellos que profesan creer en ella no sean cambiados por ella, sino que más bien la utilicen para su conveniencia. Demasiado a menudo la religión actual tranquiliza la conciencia en lugar de despertarla, y produce una sensación de satisfacción propia y de seguridad eterna en lugar de una conciencia de nuestra indignidad y pecaminosidad y de lo probable que es nuestra condenación eterna.
Martyn Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.170
Queremos consuelo, anhelamos la salvación, pero preferimos seguir sufriendo antes que reconocer nuestro verdadero problema. Nos gustan ofrecimientos de salvación que nos dicen que más que pecar se peca contra nosotros, que se compadecen de nosotros y nos dicen que hemos sufrido durante mucho tiempo sin merecerlo en modo alguno, y que nos ofrecen alguna clase de palabra mágica que nos lo cambia todo.
El camino de salvación que se odia y rechaza es el que nos dice que hemos pecado, que estamos donde estamos porque somos lo que somos y que nos dice que el paso más importante y primordial en nuestra liberación no es cambiar todo lo que nos rodea sino a nosotros mismos. Por ese motivo, el Evangelio de Dios es siempre la última vía de escape que se prueba. Insiste en la confesión de nuestra pecaminosidad y en reconocer que nuestro pecado es la causa de todos nuestros males. ¡Estamos dispuestos a admitir que podríamos ser mejores y puede que hasta deseemos ser mejores, pero odiamos tener que admitir lo malos y viles que somos! Pero ese es el problema, y reconocerlo y admitirlo es el primer paso hacia la salvación.
Martyn Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.161
El pecado no es un problema intelectual, es un problema moral. Y el problema de todos y cada uno de nosotros en este mundo es un problema moral, no intelectual. No me importa lo grande que sea tu intelecto, no me importa lo alta que sea tu alcurnia; solo eres un pecador desesperado como todos nosotros, eres una criatura con celos y envidia, con pasión, lascivia y deseo, eres impuro, ¡tienes lepra en el alma!. No me importa que ni quien seas. ¿De qué sirve hablarme de tus grandes cualidades mientras seas un leproso? Ese es tu problema: ¡no conoces a Dios, haces el mal, eres indigno, eres impuro! Por ahí comienza el Evangelio!
Martyn Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.110
Hay quienes querrían hacernos creer que el propósito de la Iglesia en la actualidad es pronunciarse sobre las preguntas que hacen otras personas. Nos resultan familiares: preguntas sobre economía, sobre las condiciones sociales, preguntas sobre la guerra y la paz y mil y una cosas más. Hay quienes querrían hacernos creer que el propósito de la Iglesia es expresar su opinión acerca de este gran cúmulo de preguntas.
Ahora bien, quisiera demostrar que esto es una falsificación de todo el propósito de la Iglesia y del mensaje de la Iglesia. En mi opinión, la primera función fundamental de la Biblia y de la Iglesia es plantear una pregunta especial y hacer la pregunta más pertinente. Es dirigir la atención de hombres y mujeres a las cosas que tienden a olvidarse y ahogarse en este remolino y vórtice en que el ser humano ha convertido el mundo y su vida a causa de su pecado.
Martyn Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.122
Todos estamos dispuestos a ir e imitar a Cristo, utilizando nuestras fuerzas, sacrificándonos, haciendo cosas maravillosas. “Esto es cristianismo –decimos-, esto está bien: ¡la imitación de Cristo!”. No, dice el Evangelio, no es así en absoluto. Dios no nos invitar a imitar a Cristo, a intentar poner en práctica su enseñanza, con la promesa de recompensarnos librándonos del pecado. ¡No, no! ¡No es eso en absoluto! El mensaje no es mirar a “Jesús” (como le llaman), como el gran ejemplo moral, el gran maestro; es a mirar al patíbulo, a un hombre con una corona de espinas sobre su frente y con expresión de dolor en su rostro, clamando: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?”: a un hombre muriendo en aparente debilidad, cuyo cuerpo es sepultado en un sepulcro con una gran piedra en la entrada. Es lo que se nos pide que miremos: ¡A Jesucristo y Jesucristo crucificado!
El evangelio dice que es el camino de la salvación; que es el camino para librarnos de nuestro pecado y de nuestro problema; que es el camino para alcanzar la plenitud y la felicidad: Ve al Calvario. Mira a Cristo muriendo en la Cruz, comprende lo que estaba sucediendo, lo que significa: que estaba cargando con tus pecados sobre su cuerpo, que tus pecados estaban siendo castigados en El, que Dios ha puesto tu iniquidad sobre El y la ha tratado allí. Esto es todo; no tenemos que hacer otra cosa que admitir nuestro pecado, arrepentirnos, confesarlo todo y entonces creer sencillamente que Cristo, el Hijo de Dios, ha muerto por nosotros y nuestros pecados; y si lo haces te salvaras de inmediato.
“¿Qué? –dice el hombre-. ¿Solo eso? ¡Es algo monstruoso! ¿No tengo que salir del culto y decidir ser mejor y participar en un cursillo de instrucción sobre como tomarse en serio el cristianismo, leer libros, intentar hacer buenas obras, y entonces…?”
No, lo único que debes hacer es mirar a la Cruz y ver al Hijo de Dios muriendo y decir: “Creo en este mensaje, creo lo que me está diciendo que crea, que es el Hijo de Dios, que ha muerto por mi y por mis pecados y que recibo el perdón de inmediato, me convierto inmediatamente en hijo de Dios, me convierto en cristiano, el Espíritu pone vida en mi”. Solo eso, nada más. Ningún programa, ningún tratamiento de larga duración, nada en absoluto, solo eso.
Martyn Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.113,114
El problema de la vida es el pecado: el pecado con su culpa, su poder, su contaminación. Y la única solución es Cristo y Cristo crucificado. El cancela la culpa, quebranta ese poder y renueva la naturaleza.
Martyn Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.83
El alma es el don de Dios para los hombres; ciertamente, la propia vida es el don de Dios para los hombres. No estamos hechos para utilizarla para nosotros mismos y nuestro propio placer. Dios nos ha dado este tesoro para que lo guardemos y cuidemos, para que lo tratemos de la forma que El desea y al final rindamos cuentas ante El por nuestra administración. Ningún hombre tiene derecho a vivir como quiera ni a tratar la imagen de Dios como le plazca. El pecado es robo y aprobación indebida; el hombre se ha convertido en un rebelde que utiliza la propiedad de Dios para sus propios fines…
¿Qué has hecho tú con tu alma? ¿Qué has hecho con la vida que Dios te ha dado durante un tiempo? Considera lo que estás haciendo: tus pecados están bajo tu propia condena, sin mencionar la de Dios.
Martyn Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.80
Hay en nosotros algo profundo, intenso, terrible: con un poder tremendo. Sí, y está en ti y en mí. No siempre adopta la misma forma, pero siempre está ahí y su naturaleza es siempre igual. Considérate a ti mismo y tu propia experiencia. Afronta por un momento las luchas que se producen en tu propio corazón. Saca a la luz los pensamientos vanos y los deseos que te dominan y controlan de cuando en cuando. ¿Te gustaría declararlos en público? ¿Te gustaría que el mundo conociera todo lo referente a ti? ¡Si comenzáramos por ahí en nuestros debates religiosos en lugar de discutir teóricamente acerca de la “expiación”, la “regeneración” y las otras doctrinas!
Cuando un hombre se conoce verdaderamente a sí mismo y por ende conoce algo de la naturaleza y el problema de pecado, no quiere discutir acerca de las doctrinas de la gracia, simplemente da las gracias a Dios por ellas y las acepta con toda su alma, corazón y mente.
Martyn Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.73
¿Se pueden explicar las Guerras Mundiales…? ¿Por qué se encuentra nuestro mundo tal como está a pesar de toda nuestra sabiduría y cultura? ¿Por qué estamos fracasando tan trágicamente? Es Dios diciendo al hombre: “No serás feliz mientras vivas al margen de mi”. Dios está anunciando juicio aún en la Historia contemporánea. ¡Cuán trágica la necesidad de rechazar algo que se anunció hace tanto tiempo y se ha confirmado en todos los siglos!
La tragedia se debe en última instancia al hecho de que el hombre se aparta de Dios en lugar de dirigirse a El con sus problemas y su amargura. En su necedad, el hombre ha puesto sus propias ideas en el lugar de las de Dios sin pensar en absoluto en esa idea del juicio; pero cuando empieza a ser consciente de que algo va mal –cuando escucha la voz de Dios- su tendencia es a apartarse de El. Esta es la mayor tragedia de todas. Cuando el hombre cayó, empezó a sentir que había hecho mal y a llenarse de un sentimiento de indignidad, ¿Por qué no busco a Dios y su amistad? ¡Ojala hubiera ido a Dios! ¡Ojala hubiera clamado: “Dios, reconozco mi necedad, he pecado contra ti; lo admito, perdóname!”. Pero no, una vez que pecó se apartó de Dios y, cuando Dios lo llamó, su instinto le llevó a alejarse más aun. Esa es la tragedia fundamental del hombre: que en su profunda necesidad, amargura y vergüenza elude al Único que puede ayudarle realmente.
Martin Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.51, 52
El propósito del Evangelio no es darnos a conocer cosas “acerca de Dios”, [sino] llevarnos al conocimiento de Dios mismo. Muchos piensan que el propósito del Evangelio es llevarnos al conocimiento de las verdades de la vida, de cómo vivir. Dicen: “Quiero saber cómo vivir una vida mejor, dirijámonos al Evangelio en busca de guía e instrucción”. Puede servir de ayuda en ciertos aspectos, pero ese no es su propósito esencial; su propósito esencial es llevarnos al conocimiento de Dios.
Permítame ir más lejos y decir: El propósito de la fe cristiana no es proporcionarnos conocimientos de teología. Podemos tener grandes conocimientos teológicos y no conocer a Dios. Soy la última persona en desestimar la teología (uno de los grandes problemas es la falta de conocimientos teológicos), pero afirmo que se puede conocer teología y a la vez ser ajeno al amor de Dios. Hay muchos que pasan por este mundo debatiendo acerca de teología y que pueden ser acérrimos defensores de la fe y, sin embargo, no conocen a Dios y están fuera de la salvación.
Martin Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.63
Dios el hijo descendió del Cielo. ¿Por qué? Porque había visto tu aflicción y la mía, porque conocía nuestra desdicha, porque vio nuestro pecado y fracaso y nuestra vergüenza. Ha descendido, descendió para liberar, y la única forma de liberar era tomar tus pecados y los míos y cargar con ellos sobre su santo e inmaculado cuerpo en la Cruz del monte Calvario. Allí lo hizo, pago el rescate, llevó a cabo la expiación, Dios está satisfecho, la Ley ha sido satisfecha, el Infierno y Satanás están derrotados y Egipto ha sido vencido. El mar Rojo – camino a Dios y la nueva vida - está abierto. Ahí están el perdón de los pecados, la reconciliación con Dios, el nuevo nacimiento, la nueva fuerza y el nuevo poder y una bendita y eterna esperanza de entrar en el Reino de los Cielos y disfrutar de su leche y miel espirituales en todas las incontables eras de la eternidad. Ese es el mensaje.
Martin Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.66
Por fin he encontrado a un predicador expositivo que cree en la importancia de las predicaciones evangelísticas.
Martyn Lloyd-Jones creía que la predicación evangelística debía existir como una categoría especial de predicación. Para el la predicación del Evangelio era la parte principal de la predicación y la prioridad que le daba se puede ver en el hecho de que era su sermón evangelístico del domingo por la noche el que solía escribir en su totalidad cuando estaba en Aberavon. En la actualidad existe la necesidad de restablecer el reconocimiento de que el tipo de sermón más apropiado para ayudar el inconverso no es el mismo tinado a aquellos que ya creen. Por supuesto, toda verdadera predicación tiene elementos en común. La predicación es la presentación ordenada de la Palabra de Dios; debe ser siempre, pues, instructiva y llevar a los hombres a la presencia de Dios. Pero es un grave error pensar que, mientras que el contenido de un sermón sea bíblico, el predicador no debe preocuparse de que el texto sea el más apropiado para que Dios lo utilice para ayudar a los conversos o a los inconversos.
Hoy en día hay demasiada predicación que indica que el predicador no tiene una clara convicción acerca de las personas a quienes van esencialmente dirigidos el texto y el sermón. Spurgeon advierte contra esto en un discurso dirigido a sus estudiantes en “Sermons Likely to Win Souls” (Sermones proclives a ganar almas). Dice: “Dios el Espíritu Santo puede convertir almas por medio de cualquier texto de la Escritura, independientemente de la exposición; pero hay ciertos pasajes de las Escrituras que, como sabéis, son los más adecuados para ser ofrecidos a las mentes de los pecadores; y si esto es cierto de nuestros textos, mucho más los será de nuestros discursos a vuestros oyentes”.
Lloyd-Jones creía, como creen todos los evangelistas, que debe haber una clara diferencia en el enfoque del predicador cuando habla a los inconversos. Por un lado, cuando se dirige un sermón a los cristianos se presupone un cierto grado de interés. Pero despertar y mantener el interés del inconverso es otra cuestión. Aquí no se puede dar nada por supuesto. Puede que no haya interés real algún en absoluto. Puede que algunos estén presentes sin intención alguna de escuchar realmente: pueden ser espectadores casuales o pretender escuchar tan solo para ser críticos silenciosos. Carece de sentido preparar un discurso para inconversos como si todos estuvieran esperando escuchar la Palabra de Dios. Sus intereses reales presentes van en una dirección completamente distinta, y la predicación evangelística debe abrirse paso en el mundo donde se hallan. Este fue uno de los motivos porque Martyn Lloyd-Jones consideraba que la preparación de un sermón verdaderamente evangelístico exigía mucho más al predicador que cualquier otro tipo de sermón.
Pero, más importante aún, el sermón evangelístico es un sermón mucho más restringido en su intención que el dirigido a los cristianos…, el inconverso necesita una sola cosa: ser convencido de pecado, humillado e impotencia. Toda predicación debiera ser más que enseñanza, pero en el caso de la predicación evangelística es imperativo. Debe alcanzar el corazón y la conciencia o fracasará. Debe ser personal y oportuna, debe despertar. Debe tener un componente de alarma. Debe hacer que los hombres afronten su estado espiritual.
Theodore Cuyler, un famoso predicador del siglo XIX en Brooklyn, se sorprendió en una de sus visitas a Londres ante la pregunta que le formuló Spurgeon: “¿Hasta qué punto se dirigen primordialmente a la conversión de las almas vuestros más capaces ministros americanos?”. No se nos relata la respuesta, pero sabemos cuál era tanto en el caso de Spurgeon como en el de Lloyd-Jones.
Martyn Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.12, 13
Hay personas que son religiosas simplemente porque temen no serlo; asisten a un lugar de culto porque fueron criadas para hacerlo así; porque es la costumbre y la tradición. Creen en la Biblia meramente porque se les enseñó a hacerlo así y aceptan los dogmas y doctrinas porque se los enseñaron sus padres y sus antepasados. Esto es lo que Cristo denomina [en Juan 8:35] “ser un esclavo de la casa”.
Profesar una creencia en Dios y su Palabra, obedecer los mandatos de Dios, abstenerse de vicios y pecados, llevar una vida decorosa y respetable de cara al exterior es estar, en un sentido, en la casa de Dios; pero tal persona está ahí únicamente como esclava, como mercenaria, como sierva. No es libre. Su situación es exactamente la misma que la del hindú, la del mahometano o el pagano que adora al sol y otras cosas simplemente porque sus padres así lo hicieron. Es cautiva de la costumbre, la tradición y el miedo. Esa no es la libertad que promete Cristo. No es sino una creencia superficial que se basa en lo que otros han pensado y dicho al respecto.
La fe inexpugnable, la fe que libera, la que deslumbra el alma de un hombre de tal forma que le hace decir: “Sé que esta es la verdad de Dios. Su enseñanza ha tocado las fuentes más profundas del pensamiento y el sentimiento en mi pecho, ha despertado mi conciencia, movido mi corazón, ha encendido mis aspiraciones a una vida más pura, mejor, ha traído paz y descanso a mi espíritu, y aunque todos lo nieguen, sé que es cierta porque ha cambiado mi vida”.
Martin Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.235
Nos gusta leer y considerar la enseñanza de Cristo, nos gusta considerar su noble vida y ejemplo y reflexionar acercar de ello, puede que hasta admitamos que era el Hijo de Dios; pero nos disgusta toda esta monserga de la conversión y el nuevo nacimiento. ¿Por qué? Porque implica que necesitamos convertirnos y que, hasta que hayamos nacido de nuevo, estamos “perdidos y muertos en pecado”.
No importa lo que cambie la vida y las vueltas que den las ideas; hay una cosa tan arraigada en la naturaleza humana que nunca varía ni oscila, y es nuestra buena opinión acerca de nosotros mismos. Nos gusta un Evangelio que nos interese, que nos seduzca, que apele a nuestras emociones y a nuestros sentimientos, nos gusta en tanto en cuanto presenta ideas y el ideal de vida; pero cuando promete “liberarnos” y darnos libertad, tropezamos con él, ponemos objeciones, porque al ofrecernos libertad indica nuestro presente cautiverio. Y, sin embargo, esto es lo que ofrece Cristo y lo que Cristo dice, y toda nuestra dificultad con respecto a esto gira en torno a nuestro falso concepto de libertad.
Martin Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.229
En ocasiones creo que la mejor señal que puede tener un hombre de que está predicando el Evangelio de Cristo y no simplemente entregándose a su propia fantasía es que ciertas personas objeten con virulencia a lo que está diciendo y se sientan disgustadas y resentidas con él por haberlo dicho.
…al leer los Evangelios no hay nada tan claro como el hecho de que la predicación de Jesucristo solo tenía dos posibles efectos en su audiencias: o bien salvaba a los hombres o bien los enemistaba por completo y les hacía oponerse, perseguir, amenazar e insultar.
¡Qué diferente es la situación que se presenta en el Nuevo testamento de la imagen que presenta hoy la Iglesia y la idea que se tiene de ella en estos tiempos! En la actualidad, las personas conciben la iglesia como un lugar que atrae a cierto tipo de personas débiles, emocionales y sosas, donde se dan discursos completamente inofensivos e inertes, donde se habla de “amor” y “belleza”, donde se pregonan “pensamientos hermosos” e “ideas bellas”, donde se hablan palabras tranquilas, reconfortantes y de ánimo y donde, por encima de todo, no se debe decir nada que pueda perturbar a alguien y mucho menos moleste o irrite. La iglesia se considera una especie de botica donde se distribuyen medicamentos y remedios tranquilizantes y donde todo el mundo debe sentirse cómodo. Y el tema esencial de la iglesia debe ser “el amor de Dios”.
… Si alguna vez hubo alguien que conoció el amor de Dios, si alguna vez se predicó y entendió el amor de Dios, si alguna vez hubo una autoridad en ese amor, ese fue Jesucristo. Dijo que había venido a la Tierra por él, hizo su obra sustentando por él, lo reveló en sus milagros y maravillosas obras, estuvo dispuesto a morir por él y, sin embargo, ¿Qué efecto produjo en sus audiencias? ¿Volvieron todos del culto a casa sonriendo y felices, sintiéndose complacidos y satisfechos consigo mismos? ¿Fue su ministerio perfecto uno en que nadie se ofendía y nadie mostraba resentimiento alguno? ¿Evidencian sus cultos lo que es tan popular en la actualidad: edificios con la “tenue luz religiosa” donde se cantan agradables himnos, se ofrecen agradables oraciones y un “breve” sermón de buen gusto y con notas culturales?
Martin Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.224-226