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Una buena reflexión para iniciar el año:

“Entonces Samuel tomó una piedra y la colocó entre Mizpa y Sen, y la llamó Eben-ezer, diciendo: Hasta aquí nos ha ayudado el SEÑOR.” 1 Samuel 7:12 (LBLA)

La expresión “hasta aquí” se asemeja a una mano que señala el pasado. Transcurrieron 20 o 60 años, sin embargo, “hasta aquí nos ha ayudado el Señor”. A través de la pobreza y la riqueza; la enfermedad y la salud; en la patria, en el extranjero; en la tierra, en el mar; en honra y en deshonra; en perplejidad, en gozo, en aflicción, en triunfo, en oración y en tentación, “hasta aquí nos ha ayudado el Señor”…

Pero esta expresión apunta también hacia adelante. Cuando un hombre levanta cierta señal y escribe en ella “hasta aquí”, indica que aún no llegado al final, y que por lo tanto, tiene todavía que recorrer cierta distancia. Mas pruebas, mas alegrías; mas tentaciones, mas triunfos; mas oraciones, mas respuestas; mas fatigas, mas fuerzas; mas luchas, mas victorias.

Después vienen las enfermedades, los achaques y la muerte. ¿Y con esto se termina todo? ¡No!; hay mas aun:

El despertar a la semejanza de Jesús, los tronos, las arpas, los cantos, los salmos, los vestidos blancos, el rostro de Jesús, la compañía de los santos, la gloria de Dios, la plenitud de la eternidad y la inmensidad de la gloria.

Anímate creyente, y con agradecida confianza levanta tu Eben-ezer, pues el que te ayudó hasta aquí, te ayudará hasta el fin de la jornada.

¡Cuan maravilloso es el panorama que la expresión “hasta aquí” presenta a nuestros ojos, cuando la consideramos a la luz del cielo!

Charles Spurgeon, Lecturas Matutinas, Editorial Clie (2007), Día 29 de Diciembre

Un oyente en una iglesia rural le dijo una vez a su pastor:

- “Pastor, ¿sabe en qué estoy pensando cuando usted se pasa de las cuatro y media en el servicio de la tarde?”

- “No” le contestó el predicador.

- “Bueno, pues entonces le seré claro. No estoy pensando en lo que usted está predicando sino en mis vacas. Ellas están esperando que yo vaya a ordeñarlas y pienso que usted debe tener algo de consideración por ellas y no mantenerlas esperando por mí tanto tiempo.  ¿Cómo se sentiría usted si usted fuera una de esas vacas?”

Quizás el ejemplo es extremo, pero la verdad es que un buen sermón no tiene por qué ser largo. Pensamos que debido a que vivimos en una sociedad acostumbrada al entretenimiento y con poca concentración por un largo período de tiempo, debemos forcejear a nuestro público a doblegar su carne pasando mucho tiempo escuchándonos. Mas sin embargo, pudiéramos encontrarnos doblegando su espíritu si como predicadores no somos sensibles a sus circunstancias.

Charles Spurgeon dijo una vez que la entrega de un sermón era como poner un huevo a hervir. Si no somos lo sumamente cuidadosos, fácilmente lo dejamos quemar.

“El tiempo del orador debe ser medido por la sabiduría. Si él está desprovisto de criterio y se olvida de las circunstancias en las que se encuentran sus oyentes, él se pudiera convertir en una gran molestia para ellos. En una casa un pastel se está quemando. En otra un niño necesita de su madre. Y en otra un sirviente se debe a una familia.” Charles Spurgeon

“Me has hecho pasar por muchos infortunios, pero volverás a darme vida; de las profundidades de la tierra volverás a levantarme.”

Salmo 71:20 (NVI)

imageHe aquí la inferencia de la fe desde la infinita grandeza del Señor. El ha sido fuerte para herir, pero también será fuerte para guardar. Él me ha mostrado muchas pruebas fuertes y graves, pero también me mostrará el resultado de sus muchas y preciosas misericordias. Casi me ha eliminado, pero pronto me revivirá, y aunque he estado casi muerto y enterrado, él me dará una resurrección, y me levantará de nuevo de las profundidades de la tierra.

Sin importar lo profundo que el Señor nos permita hundirnos, el siempre fijará un límite para nuestro descenso, y en su debido tiempo, nos levantará de nuevo. Incluso cuando estemos abatidos en la tumba, su misericordia se muestra en que no podremos ir más abajo, sino que volveremos sobre nuestros pasos y montaremos hacia mejores tierras, y todo esto, porque el Señor es poderoso para salvar. Un dios pequeño nos fallaría, pero no Jehová el Omnipotente. Es seguro apoyarse en él, ya que el sostiene los pilares tanto de los cielos como de la tierra.

Charles Spurgeon

Tomado de su comentario del Salmo 71 de su libro “El Tesoro de David”.

imageLas obras maestras de Dios son aquellos que se mantienen de pie en medio de las dificultades. Sus obras mas gloriosas y sus mejores hijos son aquellos, que cuando todas las cosas se les oponen, mantienen firme su posición. Aquellos que poseen la gracia que los sostienen en medio de las cargas más pesadas de tribulaciones y pruebas.

Dios coloca a su gente en estas circunstancias para mostrarnos el poder de su gracia.

Charles Spurgeon (De su sermón: "The Duty of Remembering the Poor”)

“No vayas donde haya linda música, buena conversación y bella arquitectura; estas cosas no llenan ni el estómago ni el alma. Ve donde se predique el evangelio, el evangelio que en verdad alimenta tu alma, y ve con frecuencia.”

Charles Spurgeon

El 17 de Enero de 1855 el pastor de la capilla de New Park Street, Southwark, Inglaterra [Charles H. Spurgeon], inicio su sermón matutino con las siguientes palabras:

Alguien ha dicho que “el estudio apropiado de la humanidad es el hombre”. No voy a negar este concepto, pero pienso que es igualmente cierto que el estudio apropiado para los elegidos de Dios es Dios mismo; el estudio apropiado para el cristiano es la Deidad. La ciencia más elevada, la especulación más escumbrada, la filosofía más vigorosa que puedan jamás ocupar la atención de un hijo de Dios, es el nombre, la naturaleza, la persona, la obra, los hechos y la existencia de ese gran Dios a quien llama Padre.

En la contemplación de la Divinidad hay algo extraordinariamente beneficioso para la mente. Es un tema tan vasto que todos nuestros pensamientos se pierden en su inmensidad; tan profundo, que nuestro orgullo se hunde en su infinitud. Cuando se trata de otros temas podemos abarcarlos y enfrentarlos; sentimos una especie de autosatisfacción al encararlos, y podemos seguir nuestro camino con el pensamiento de que “he aquí que soy sabio”. Pero cuando damos con esta ciencia por excelencia y descubrimos que nuestra plomada no puede sondear su profundidad, que nuestro ojo de águila no puede percibir su altura, nos alejamos con el pensamiento de que el hombre vano quisiera ser sabio, pero es como el pollino salvaje; y con la solemne exclamación de que “soy de ayer, y nada sé”. Ningún tema de contemplación tenderá a humillar a la mente en mayor medida que los pensamientos de Dios…

Más, si bien el tema humilla la mente, al propio tiempo la expande. El que con frecuencia piensa en Dios, tendrá una mente más amplia que el hombre que se afana simplemente por lo que le ofrece este mundo estrecho… El estudio más excelente para ensanchar el alma es la ciencia de Cristo, y este crucificado, y el conocimiento de la deidad en la gloriosa Trinidad. Nada hay que desarrolle tanto el intelecto, que magnifique tanto el alma del hombre, como la investigación devota, sincera y continua del gran tema de la Deidad.

Además, a la vez que humilla y ensancha, este tema tiene un efecto eminentemente consolador. La contemplación de Cristo proporciona un bálsamo para toda herida; la meditación sobre el Padre proporciona descanso de toda aflicción; y en la influencia del Espíritu Santo hay bálsamo para todo mal. ¿Quieres liberarte de tu dolor? ¿Quieres ahogar tus preocupaciones? Entonces ve y zambúllete en lo más profundo del mar de la Deidad; piérdete en su inmensidad; y saldrás de allí como si te levantarás de un lecho de descanso, renovado y fortalecido. No conozco nada que sea tan consolador para el alma, que apacigüe las crecientes olas del dolor y la aflicción, que proporcione paz ante los vientos de las pruebas, como la ferviente reflexión sobre el tema de la Deidad. Invito a los presentes a considerar dicho tema esta mañana…

J.I. Packer, El Conocimiento del Dios Santo, Editorial Vida (2006), p.19,20

Por fin he encontrado a un predicador expositivo que cree en la importancia de las predicaciones evangelísticas.

Martyn Lloyd-Jones creía que la predicación evangelística debía existir como una categoría especial de predicación. Para el la predicación del Evangelio era la parte principal de la predicación y la prioridad que le daba se puede ver en el hecho de que era su sermón evangelístico del domingo por la noche el que solía escribir en su totalidad cuando estaba en Aberavon. En la actualidad existe la necesidad de restablecer el reconocimiento de que el tipo de sermón más apropiado para ayudar el inconverso no es el mismo tinado a aquellos que ya creen. Por supuesto, toda verdadera predicación tiene elementos en común. La predicación es la presentación ordenada de la Palabra de Dios; debe ser siempre, pues, instructiva y llevar a los hombres a la presencia de Dios. Pero es un grave error pensar que, mientras que el contenido de un sermón sea bíblico, el predicador no debe preocuparse de que el texto sea el más apropiado para que Dios lo utilice para ayudar a los conversos o a los inconversos.

Hoy en día hay demasiada predicación que indica que el predicador no tiene una clara convicción acerca de las personas a quienes van esencialmente dirigidos el texto y el sermón. Spurgeon advierte contra esto en un discurso dirigido a sus estudiantes en “Sermons Likely to Win Souls” (Sermones proclives a ganar almas). Dice: “Dios el Espíritu Santo puede convertir almas por medio de cualquier texto de la Escritura, independientemente de la exposición; pero hay ciertos pasajes de las Escrituras que, como sabéis, son los más adecuados para ser ofrecidos a las mentes de los pecadores; y si esto es cierto de nuestros textos, mucho más los será de nuestros discursos a vuestros oyentes”.

Lloyd-Jones creía, como creen todos los evangelistas, que debe haber una clara diferencia en el enfoque del predicador cuando habla a los inconversos. Por un lado, cuando se dirige un sermón a los cristianos se presupone un cierto grado de interés. Pero despertar y mantener el interés del inconverso es otra cuestión. Aquí no se puede dar nada por supuesto. Puede que no haya interés real algún en absoluto. Puede que algunos estén presentes sin intención alguna de escuchar realmente: pueden ser espectadores casuales o pretender escuchar tan solo para ser críticos silenciosos. Carece de sentido preparar un discurso para inconversos como si todos estuvieran esperando escuchar la Palabra de Dios. Sus intereses reales presentes van en una dirección completamente distinta, y la predicación evangelística debe abrirse paso en el mundo donde se hallan. Este fue uno de los motivos porque Martyn Lloyd-Jones consideraba que la preparación de un sermón verdaderamente evangelístico exigía mucho más al predicador que cualquier otro tipo de sermón.

Pero, más importante aún, el sermón evangelístico es un sermón mucho más restringido en su intención que el dirigido a los cristianos…, el inconverso necesita una sola cosa: ser convencido de pecado, humillado e impotencia. Toda predicación debiera ser más que enseñanza, pero en el caso de la predicación evangelística es imperativo. Debe alcanzar el corazón y la conciencia o fracasará. Debe ser personal y oportuna, debe despertar. Debe tener un componente de alarma. Debe hacer que los hombres afronten su estado espiritual.

Theodore Cuyler, un famoso predicador del siglo XIX en Brooklyn, se sorprendió en una de sus visitas a Londres ante la pregunta que le formuló Spurgeon: “¿Hasta qué punto se dirigen primordialmente a la conversión de las almas vuestros más capaces ministros americanos?”. No se nos relata la respuesta, pero sabemos cuál era tanto en el caso de Spurgeon como en el de Lloyd-Jones.

Martyn Lloyd-Jones, Sermones Evangelísticos, Editorial Peregrino (2003), p.12, 13

“Hermanos, orad por nosotros”

1 Tesalonicenses 5:25

Reservamos esta mañana del año para refrescar la memoria del lector sobre el asunto de las oraciones a favor de los pastores, e imploramos muy encarecidamente a cada familia cristiana que cumpla con el ferviente pedido del texto, formulado primero por un apóstol, y ahora repetido por nosotros.

Hermanos, nuestra obra es de trascendental importancia e implica el bienestar o la calamidad de miles. Nosotros, en nombre de Dios, tratamos con las almas sobre asuntos eternos, y nuestra palabra es olor de vida para vida y olor de muerte para muerte. Una grave responsabilidad descansa sobre nosotros, y no será una insignificante gracia si somos hallados libres de la sangre de todos los hombres.

Como oficiales del ejército de Cristo somos blanco principal de la enemistad de hombres y demonios, que esperan nuestra vacilación y se afanan por tomarnos del calcañar. Nuestra sagrada vocación nos coloca en tentaciones de las que vosotros estáis exentos; sobre todo, nos suele apartar de nuestro goce personal de la verdad y nos lleva a una consideración ministerial y oficial de la misma. Hemos de hacer frente a muchos asuntos difíciles, y nuestra razón no sabe que decir. Observamos con tristeza a los que vuelven atrás, y nuestros corazones se sienten heridos; vemos perecer a millones, y nuestros espíritus se abaten. Deseamos serviros con nuestra predicación y ser una bendición para vuestros hijos; ansiamos ser útiles: a creyentes y a pecadores; interceded, pues, por nosotros ante Dios. Somos miserables sino podemos contar con vuestras oraciones, pero somos felices si vivimos en vuestras súplicas.

No esperéis de nosotros las bendiciones espirituales, sino del Maestro; si bien muchas veces El dio esas bendiciones por medio de sus ministros. Pedid, pues, frecuentemente que seamos los vasos de barro en los cuales el Señor ponga el tesoro del Evangelio.

Charles Spurgeon, Lecturas Matutinas, Editorial Clie (2007), Día 7 de Julio

“Santifícalos” –dice Jesús- “en tu verdad; tu Palabra es verdad”.

Son muchos los pasajes de la Escritura que prueban que la Palabra de Dios es el instrumento de la santificación. El Espíritu de Dios lleva a nuestra mente los preceptos y doctrinas de la verdad y los aplica con poder. Estos preceptos, oídos y recibidos en el corazón, obran en nosotros el querer y el hacer por la buena voluntad de Dios. La verdad es la que santifica, y si nosotros no oímos o no leemos la verdad no creceremos en santificación. Solo progresaremos en la vida perfecta si progresamos en el conocimiento perfecto. “Lámpara es a mis pies tus palabras y lumbrera a mi camino.”

Charles Spurgeon, Lecturas Matutinas, Editorial Clie (2007), Día 4 de Julio

Las corrientes de agua viva que fluyen de Jerusalén no se secaban por los calores abrasadores del verano, ni tampoco se helaban por los fríos vientos del invierno. Regocíjate alma mía, de que hayas sido dejada para testificar de la fidelidad del Señor. Los tiempos cambian, y tú también cambias, pero tu Señor permanece siempre el mismo, y las corrientes de su amor son tan profundas, tan amplias y tan completas como siempre.

Los calores de las ansiedades de la vida y de las ardientes pruebas me hacen sentir la necesidad de las refrescantes influencias del rio de su gracia. Puedo ir en seguida y beber hasta saciarme de la inagotable fuente pues sus aguas corren tanto en invierno como en verano. Las fuentes de arriba nunca están escasas de agua, y las de abajo no pueden menguar. Elías hallo seco el arroyo de Cherit pero Jehová seguía siendo el mismo Dios providente. Job dijo que sus hermanos habían mentido como arroyos, pero halló que su Dios era un desbordante rio de consolación. El Nilo constituye la gran confianza de Egipto, pero sus inundaciones son variables. Nuestro Señor es siempre el mismo.

Desviando el curso del Éufrates, Ciro tomó la ciudad de Babilonia, pero ni poder humano ni infernal puede desviar la corriente de la gloria divina. Los cursos de los antiguos ríos se hallaron secos y desolados, pero los ríos que nacen en las montañas de la divina soberanía y del infinito amor siempre estarán llenos hasta el borde. Pasan las generaciones, pero la corriente de la gracia sigue inalterable.

El rio de Dios canta con mayor razón lo que canta el arroyo en este verso: “Los hombres vienen y van, pero yo sigo siempre”. ¡Cuan feliz eres, alma mía, por ser conducida a tan tranquilas aguas! Nunca vayas a otras fuentes para que no oigas esta reprensión del Señor: “¿Qué tienes tú en el camino de Egipto, para que bebas agua del Nilo?”

Charles Spurgeon, Lecturas Matutinas, Editorial Clie (2007), Día 1 de Julio

Josafat se construyó naves de Tarsis para ir a Ofir por oro, pero no fueron porque las naves se rompieron en Ezión-geber. (1 Reyes 22:48)

Las naves de Salomón volvieron seguras, pero las de Josafat nunca llegaron a la tierra del oro. La Providencia prospera a uno y frustra los deseos del otro en el mismo negocio y en el mismo lugar; sin embargo, el Gran Gobernador es tan bueno y sabio en un caso como en el otro. Bendigamos hoy al Señor al recordar este texto, por los navíos rotos en Ezión-geber, y también por las naves cargadas de bendiciones temporales.

No envidiemos a los que tienen más éxito que nosotros, ni murmuremos por nuestras pérdidas, como si nuestras pruebas fueran mayores que las de otros. Aunque nuestros planes terminen en el fracaso, somos como Josafat, de gran estima delante de la presencia del Señor.

La causa de la pérdida de Josafat es muy digna de ser notada, pues es la causa de una buena parte de los sufrimientos del pueblo de Dios. La causa fue su alianza con una familia pecadora.

En 2 Crónicas 20:37 se nos dice que Jehová envió a un profeta a declarar lo siguiente: “Por cuanto te has aliado con Ocozías, el SEÑOR ha destruido tus obras”. Este fue un castigo paternal que parece le sirvió de bendición, pues en el versículo que sigue al de esta mañana, lo hayamos rehusándose a permitir que sus siervos navegaran en los mismos navíos en que navegaban los siervos del rey impío.

Quiera Dios que la experiencia de Josafat sirva de advertencia al resto de su pueblo para que eviten “juntarse en yugo desigual con los infieles”. Una vida de miseria es por lo regular, la suerte de los que se unen en matrimonio o en cualquier otra relación con los hombres de este mundo.

¡Ah! Si pudiéramos tener tal amor a Jesús que, a semejanza de Él, pudiésemos ser santos, inocentes, limpios y apartados de pecadores (He. 7:26), pues de no ser así, podemos esperar oír frecuentemente las siguientes palabras: “Jehová destruyó tus obras”.

Charles Spurgeon, Lecturas Matutinas, Editorial Clie (2007), Día 13 de Enero

Cuanto te sientas tentado a pecar, di: "Yo no puedo cometer esta horrenda maldad, pues yo soy de Cristo". Principios que reputamos inmortales prohíben pecar al que es amigo de Cristo.

Cuando ante ti haya riquezas que puedan ganarse ilegalmente, di que eres de Cristo y no las toques.

¿Estás expuesto a dificultades y daños?, permanece firme en el día malo, recordando que eres de Cristo.

¿Te colocas donde otros se sientan ociosos y no hacen nada?, ¡Levántate a trabajar con todas tus fuerzas!, y cuando empieces a sudar y te sientas tentado a holgazanear, grita: "Yo no puedo parar, pues yo soy de Cristo". Si no fuese comprado con sangre, podría como Isaac, “recostarme entre las majadas”, pero “Yo soy de Cristo y no puedo holgazanear”.

Cuando la música del placer quiera tentarte, para apartarte de la senda recta, contesta: “Tu música no puede fascinarme, pues yo soy de Cristo”.

Cuando la causa de Dios te llame, conságrate a ella; cuando el pobre te pida, dale tus bienes y date a ti mismo, pues tú eres de Cristo.

Nunca desmientas tu profesión. Se siempre uno de esos cuyos modos son cristianos, cuya palabra es como la del Nazareno, cuya conducta y conversación tienen tanta fragancia de cielo que cuantos te vean digan que tú eres del Salvador y reconozcan en ti sus facciones de amor y su semblante de santidad.

"Yo soy romano", era el antiguo motivo para vivir íntegramente. Con mayor razón, pues sea "Yo soy de Cristo" tu argumento para vivir en santidad.

Charles Spurgeon, Lecturas Matutinas, Editorial Clie (2007), Día 12 de Enero